
Me encantan las líneas paralelas. Pero eso no tiene nada que ver con Roma.
Es esta ciudad el destino turístico clásico, sólo con decir que "Todos los caminos llevan a Roma". Pero en fin, entrar a Roma es entrar a una anónima gran ciudad. He llegado a la conslusión de que esta modernidad, en realidad, llevará a todas las ciudades a verse más o menos igual. Incluso Roma, la cuna de nuestra civilización, es en su periferia, una mancha de cemento, miseria, cables, sobrepoblación y negocios grises. Ninguna gran ciudad se salva.
Llegamos a la central de autobuses y al salir, vimos todo menos Roma, en el sentido "Roma clásica", ni siquiera aquella Roma de Fellini o el Neorrealismo Italiano. Más bien, quisiera decir, nunca había estado tan cerca de África o Asia. Aunque en realidad, esto es lo que conllevan los puntos de transporte, las partidas y las llegadas (algún día subiré la versión resumida de mi estudio sobre Aeropuertos). Caminando llegamos a Piazza de la Repubblica, cerca estaba nuestro hotel. Lo reconocí porque lo había ya visto en Googlemaps (maravilla), hasta "caminar" por las calles se puede con eso.

De esta plaza me quedo con los puestecillos. Cerca del hotel se puede comprar fruta, comida, bebidas, casi cualquier cosa necesaria. Evidentemente, los que atienden no son romanos, son chinos, paquis, pero también italianos del sur. Excelente: hablamos con un señor, sacado de una peli de
Vittorio de Sica. El sureño hablaba de que rico es comer bien, en abundancia, además de beber buen vino (mientras lo bebía en su puesto de fruta). Su afán, su gusto era salir a pescar, lo cual se complicaba un poco viviendo y trabajando en Roma. Él quería visitar México (seguramente habrá mujeres bonitas), pero no ir a las grandes ciudades, no. Él quería ir a una playa tranquila y comer pescado todo el día. A todo esto, el idioma italiano y el español son lo mismo. A señas y gestos se entiende uno, lo importante se puede comunicar, lo que no se entiende, es porque en realidad no es tan importante.
"Aunque sea de noche; tenemos que verla." Es necesario hasta la médula:

La fontana de Trevi es una chulada. Pero, está tan lleno de gente parlanchina que pierde su aire clásico-mítico. Para tomar esta foto, se tuvieron que hacer las maniobras más acrobáticas y adoptar las posiciones más estravagantes para que no salieran turistas. Logramos abrirnos un lugar entre la gente y mi papá me contó sobre la
escena de La Dolce Vita, una película de su tiempo que hizó popularmente-mítico ese lugar. He de decir que ha de tomarse tiempo y observar esta obra de arte. Hacer lo humanamente posible para abstraerse del mundanal ruido del turista y realmente ver el trabajo escultórico. Es un trabajo tan fino, que uno temer pertrubarlo con tan bromosa-masiva aproximación.

Las calles comerciales también guardan curiosidades. A parte de enjaretarte en la cara los precios más temibles de la historia (para cosas por demás innecesarias), los pasajes de Roma cuentan anécdotas. En este caso, este tipo de pasajes estaban de moda en la Francia del s.XIX, y se divulgaron en Europa como un centro de reunión comercial y social para las clases altas. Los techos son igualmente altos, con vitrinas y cubículos dilatados. Ahora los negocios se han modernizado, pero hay algunos que han sabido conservar ese añejamiento que da a las ciudades viejas esa magnificencia que no tienen otras.
Por la noche llegamos a un sitio sorprendentemente solitario: el Coliseo. Habían cerrado ya la entrada a turistas, pero nos conformamos con rodearlo caminando y observar a los gatos que entraban y salían saltando al lugar de los miles de años. La circularidad en la arquitectura es algo que se recupera de a poco. Es únicamente el ser humano que se empeña en las líneas rectas, estas, dificilmente se encuentran en la naturaleza. Por eso el Coliseo es precioso, amplio, completo; no remite a nada más que a su callada presencia y a aquello que encontrara su centro. Sin palabras.

La verdad es que Roma tiene tantísimas cosas que es inútil seguir. Sólo otra plaza voy a enlistar en esta entrada, más que nada porque esa pobre cámara permitió pocas fotos decentes.

La plaza o Piazza Navona (lo que tuve que buscar para acordarme del nombre) está llena de gente. Tal vez sea la más llena de romanos de todas las otras plazas. Había una pequeña feria cuando llegamos. Había comida, globos, familias, gente entrando y saliendo de la iglesa (por primera vez, sentí que era por fe, no turismo). Era evidentemente una plaza popular, más o menos como la Piazza (o escalinata) Spagna, dónde ahora hacen los desfiles de moda.
En la foto también se puede ver uno de esos obeliscos egipcios que hay en todas las plazas. Se los llevaron de Egipto, o quizá fueron algunos de ellos regalos de otra nación europea que a su vez, también se los llevaron de Egipto. En resumen: un total saqueo. Pero ahí están, salpicados por todo Roma, provocando la admiración de los peatones. En muchas culturas se han hecho estas aspiraciones hacia el cielo. Los tótems en norteamerica, los campanarios cristianos, o los largos cipreses en el centro de los monasterios hispanos. Reconociendo estos símbolos, se reconoce un imaginario común y abstracto que tiende a unir con un signo la tierra y el cielo, que están, a su vez, en todo el mundo.
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